Cuando el medioambiente no importa mucho...

El acuerdo de Copenhague no es un texto jurídicamente vinculante, ni un documento político. Se queda en una declaración de intenciones. La lucha contra el calentamiento global ha sufrido una derrota al no obtener uno de los principales objetivos, que fuera legalmente vinculante, como se acordó en la hoja de ruta de Bali (Indonesia) en 2007.

Respecto al Protocolo de Kyoto, que sí fue vinculante para 37 países, el nuevo acuerdo supone un avance porque por primera vez incluye a EE UU –uno de los países más contaminantes del mundo-, y a los países emergentes, como China, India, y Brasil. Sin embargo, debido a la creación del tercer y último texto entre un pequeño grupo de 25 países, Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, y Sudán han votado en contra del acuerdo. La ratificación se alargó hasta la mañana del sábado 19 de diciembre. “Hemos cerrado el acuerdo. No ha sido todo lo que esperábamos, pero es un inicio esencial”, declaró Ban Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas en la clausura de la cumbre. El acuerdo de Copenhague reconoce el trabajo científico, y señala que es necesario un calentamiento global inferior a 2ºC para evitar los peores efectos del cambio climático.

La mayoría de los líderes políticos dieron en sus discursos la razón a la ciencia, pero las reacciones de los científicos ante el acuerdo muestran más bien desesperación. “Desde el punto de vista científico, el acuerdo es un fracaso, y tres cuartos de lo mismo pasa desde un punto de vista político”, afirma Emiliano Hernández, catedrático de Física de la Atmósfera en la Universidad Complutense de Madrid, que ha publicado varios artículos científicos sobre el aumento de las temperaturas en las últimas décadas. Según el investigador, “el acuerdo no ha aportado ninguna realidad”, y los líderes políticos “no han tomado ninguna decisión importante”. Hernández critica que los países más contaminantes (EE UU y China) no se hayan puesto de acuerdo en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Los países industrializados tendrán que añadir al acuerdo sus objetivos de reducción de emisiones de CO2 antes del 31 de enero de 2010. En transparencia, una de las cuestiones básicas del acuerdo, los países emergentes tendrán que comunicar sus esfuerzos de reducción de emisiones de CO2 cada dos años, y también deberán incluir sus compromisos voluntarios de reducción de emisiones antes de esa misma fecha.

“Tenemos que ser honestos con lo que hemos obtenido. Nos vamos con un acuerdo en Copenhague, pero las ambiciones para reducir las emisiones de CO2 deben aumentar significativamente si queremos tener el mundo por debajo de un aumento de 2ºC”, comentó Yvo de Boer, secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), al final de la COP-15. Según los científicos, los compromisos desarrollados por los países podrían ser insuficientes para mantener el aumento global de la temperatura por debajo de 2ºC o menos. Por ello, los líderes mundiales han pedido una revisión del acuerdo para el año 2015. En ese momento, será necesario incluir un objetivo a largo plazo para limitar el aumento de la temperatura por debajo de un 1,5ºC.

Uno de los aspectos positivos del acuerdo es la introducción de REDD (Programa de Reducción de Emisiones causadas por la Deforestación y la Degradación de los bosques). El acuerdo reconoce el papel “crucial” de la reducción de emisiones a partir de la deforestación y la degradación de los bosques. Será una de las acciones para la mitigación del cambio climático. A pesar de los desacuerdos entre países, el fondo económico para ayudar a países vulnerables no ha sido tema de discordia. A partir del Fondo para un Clima Verde de Copenhague, los países apoyarán acciones inmediatas para la lucha contra el calentamiento global. El compromiso de este fondo por parte de los países industrializados es de unos 30.000 millones de dólares americanos para los años 2010, 2011 y 2012. A largo plazo, estos países movilizarán cerca de 100.000 millones de dólares para 2020 para prestar ayuda a los países en vías de desarrollo.

“El acuerdo ha aportado mayor sensibilidad en cuestiones climáticas”, señala Hernández que añade que ha permitido concienciar “de alguna forma” sobre la necesidad de actuar frente al cambio climático. Pero la sensación de este científico es que “la gente no entiende todavía bien lo que supone el calentamiento global”, y el “vaivén” político no ha contribuido a un mejor entendimiento.

Sin embargo, el acuerdo ofrece la oportunidad de trazar un “camino idóneo” para aprender a “no desperdiciar la energía, y a utilizarla bien”, aclara el físico. El reto de los científicos es ahora mayor, pero también “más de fiar” porque las predicciones son cada vez más precisas. Antes de perder por completo la esperanza, “el camino científico debe crear más ilusión para tomar mayores notas de que el cambio climático es una realidad”, manifiesta Hernández. Pero el siguiente objetivo es que “China y EE UU negocien entre ellos y que el acuerdo sea vinculante”, afirma el investigador español. “Ahora tenemos un paquete con el que trabajar y empezar la acción inmediata. No obstante, debemos ser claros. Esto es una declaración de intenciones y no es preciso para lo que necesitamos hacer en términos legales. El reto es convertir lo que hemos acordado políticamente en Copenhague en algo real, que pueda ser medido y comprobable”, ha revelado De Boer.

La próxima gran cita será en México, a finales de 2010. Todavía queda mucho por hacer y debatir, pero la ciencia seguirá demostrando que llegar a un acuerdo fuerte y decisivo es la única oportunidad para proteger a las próximas generaciones.

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